Todo cubano sabe bien lo que es el gorrión. Y todo cubano emigrante conoce mejor aún a su gorrión.
No son esos pajaritos tan proletarios, tan tenidos a menos, que pueblan o infestan ciudades de todo el mundo. Es una mezcla de añoranza, de nostalgia, de recuerdos, que acompaña siempre a toda distancia. Y como los gorriones de carne y plumas, los gorriones que nos acompañan pueden ser pequeños, pero están ahí siempre, presentes aunque no los veamos.
A mi gorrión lo conocí con diecisiete años. En mi servicio militar, obligatorio, se me apareció por primera vez una tarde. Muchos conocieron a los suyos ahí. A mitad de semana, en algún descanso, podías ver a alguno de nosotros en cualquier rincón, con la mochila al lado y un pedazo de papel en la mano. Y con su gorrión. Siempre hubo quien le dijera, con un poco de burla y un poco de solidaridad: “Compadre, no le dé más pienso a su gorrión”.
En esas noches de tiempo infinito y de infinita oscuridad, con un fusil en las manos, aprendí a cuidar a mi gorrión. Hay que mantenerlo con el alimento justo, no más. Y así aprendí a quererlo. Si se hace muy fuerte, acaba contigo. Pero en su peso justo, te sirve de conexión contigo mismo, con tu esencia, con tu raíz.
Y al fin del mundo, a este Chile que ya tanto quiero, me traje mi gorrión. Al lado lo tengo, mirando mientras escribo. A veces aparece, por un trueno, por un buen amigo que no conozco, o por oír a Silvio.
Incluso por oír un tango, a pesar de que mi gorrión nunca fue conmigo a Argentina. Con una amiga, acá en Santiago, intercambiamos gorriones oyendo una canción de Gardel.
No lo miro siempre, nunca me molesta. Pero seis mil kilómetros más allá, mi gorrión me lleva en un golpe de alas a donde nació, cada vez que se aparece.

