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Despierto. Noticias. Termino de despertar. Ducha. Me conecto. Trabajo. Facebook. Twitter. Desayuno. Trabajo. Simpsons-Trabajo. Almuerzo. Metro. Universidad. Trabajo. Café. Trabajo. Metro. Supermercado. Casa. Noticias. Noche… la noche dirá. Me acuesto. Sueño despierto. Me duermo. Sueño dormido. Despierto.

En los noventa, con quince años en las costillas, probamos el servicio postal en Cuba. Nos escribimos cartas, que demoraron 7 días en llegar a sus destinos, y 7 días más en regresar. Ya en esa época era una curiosidad del pasado que se iba. 

En los… ¿dos mil dieces?; los celulares y los correos electrónicos hace mucho que son instantáneos, o casi. Pero el apresuramiento de los días, las horas que no alcanzan; demoran la inmediatez de las palabras. La llamada del día siguiente llega después de un mes. Los almuerzos para el domingo se suspenden hasta nuevo aviso.  El correo de saludo después de un año comienza con el reproche… “estás perdido”.

Con una amiga, una hermana de vida circunstancialmente lejos, por tres años, semana tras semana, nos escribimos cartas con hojas de cuaderno y plumas BIC. Sellos de Cuba y Polonia, sobres comprados o hechos, y la paciencia de escribir tres cuartillas con los sucedido en ciento sesenta y ocho horas. Después del correo electrónico, en diez años nos escribimos cuatro veces. 

La tecnología, la maquinaria que nos ayuda y al mismo tiempo define cómo vivimos, mes a mes se supera a sí misma. Nosotros, que evolucionamos de generación a generación, pretendemos seguir su ritmo. 

Los días, los minutos, las horas, tan relativos como han sido siempre, se apresuran ahora.

Los metros, los smartphones, los computadores, la eficiencia, la ISO 9001, la democracia, la globalización, la integración, los aviones eficientes…, le dan velocidad a los días. Y nosotros seguimos caminando a cuatro kilómetros por hora.

Definitivamente, las velocidades deben ser sincronizadas nuevamente. 

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Mi gorrión

Todo cubano sabe bien lo que es el gorrión. Y todo cubano emigrante conoce mejor aún a su gorrión.

No son esos pajaritos tan proletarios, tan tenidos a menos, que pueblan o infestan ciudades de todo el mundo. Es una mezcla de añoranza, de nostalgia, de recuerdos, que acompaña siempre a toda distancia. Y como los gorriones de carne y plumas, los gorriones que nos acompañan pueden ser pequeños, pero están ahí siempre, presentes aunque no los veamos.

A mi gorrión lo conocí con diecisiete años. En mi servicio militar, obligatorio, se me apareció por primera vez una tarde. Muchos conocieron a los suyos ahí. A mitad de semana, en algún descanso, podías ver a alguno de nosotros en cualquier rincón, con la mochila al lado y un pedazo de papel en la mano. Y con su gorrión. Siempre hubo quien le dijera, con un poco de burla y un poco de solidaridad: “Compadre, no le dé más pienso a su gorrión”.

En esas noches de tiempo infinito y de infinita oscuridad, con un fusil en las manos, aprendí a cuidar a mi gorrión. Hay que mantenerlo con el alimento justo, no más. Y así aprendí a quererlo. Si se hace muy fuerte, acaba contigo. Pero en su peso justo, te sirve de conexión contigo mismo, con tu esencia, con tu raíz.

Y al fin del mundo, a este Chile que ya tanto quiero, me traje mi gorrión. Al lado lo tengo, mirando mientras escribo. A veces aparece, por un trueno, por un buen amigo que no conozco,  o por oír a Silvio.

Incluso por oír un tango, a pesar de que mi gorrión nunca fue conmigo a Argentina. Con una amiga, acá en Santiago, intercambiamos gorriones oyendo una canción de Gardel.

No lo miro siempre, nunca me molesta. Pero seis mil kilómetros más allá, mi gorrión me lleva en un golpe de alas a donde nació, cada vez que se aparece.

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Turistas

En plena selva de Quintana Roo, los turistas invaden diariamente la antigua ciudad maya de Chichén Itzá y todos sus alrededores. Sofocados por el calor, sudando a chorros y casi corriendo entre las ruinas para alcanzar a ver todo, no paran de hacer preguntas a los guías aburridos, muchos de ellos originarios de la zona. Otros muchos mayas repletan cada sitio, vendiendo y regateando con los visitantes en varios idiomas.

Algunos turistas alcanzan a asombrarse de la habilidad de los antiguos. Otros van meramente de acompañantes. Muchos llegaron buscando diversiones en la zona de playas de Cancún y la Ribiera, y llegan a la antigua ciudad-estado sólo porque el tour estaba incluido en un paquete. Un tipo colorado, con un short hecho con la bandera gringa, se protege del sol implacable debajo de un árbol y no para de quejarse del gasto de llegar hasta ahí solo para ver un montón de piedras.

Aquellos que se asombran admiran la perfecta geometría de las pirámides y templos, los significados de sus ángulos, la increíble ingeniería. La mitad de su asombro consiste en preguntarse cómo esa raza, esos “indiecitos” de pies descalzos que intentan venderles recuerdos, hicieron posible tales maravillas. Ideas de contactos extraterrestres, europeos llegados antes que Cortés y otros desvaríos por el estilo toman en su mente más sentido…

En una de las tantas tiendas de recuerdos, como buen turista, reviso los calendarios de piedra, los llaveros y la ropa con letreros y figuras impresas. Me asombro al ver un calendario azteca con el letrero “Chichén Itzá”. Le pregunto a una vendedora, evidentemente maya, por la inconsistencia. A su lado, un grupo de viajeros con aspecto de escandinavos atiborran bolsos con souvenirs, sin preguntar precios ni significados. La vendedora maya me sonríe levemente mientras los señala con la mirada y dice, a modo de justificación:

“…turistas”.

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Medio minuto

Siempre pensé que era un mito, pero me gustaba el concepto: en el último minuto la vida pasa delante de los ojos. Me imaginaba un cinetoscopio mostrando a velocidades de vértigo escenas y gentes. Sesenta segundos intensos, con frases y sonidos disueltos en esa explosión de imágenes.

Cuando veía algo especialmente impactante, solía pensar: esto estará incluido en ese último minuto. Cuando alguien me impresionaba: este será uno de los que vea.

Y una vez sentí que había llegado el momento. En realidad fueron ciento veinte segundos eternos, mientras por debajo el mundo daba saltos de 8.8 grados de magnitud.

La experiencia no fue del todo como esperaba. No fueron tan claros los rostros que recordé, tan nítidas las escenas. El rugido impensable de la tierra no me dejó oír ningún otro sonido. Pero sí alcancé a pensar que ese pequeño filme, esa minúscula película de mi vida, aún no estaba completa.

He tratado, como he podido, de darle sustancia y argumento hasta ahora. Pero definitivamente, me queda bastante por filmar.

Medio minuto.

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Hollywood…tu madre!

Quizá fueron Bonnie y Clyde. Quizá fue antes. Hollywood es culpable principal: los tipos malos son los que atraen. Y también las mujeres, cómo no, las rubias y morenas fatales de la época dorada.

Bette Davis y Greta Garbo no serían lo mismo sin un cigarro. O Humphrey Bogart. James Bond siempre lleva su vaso de scotch en la mano.

Y desde hace mucho, todo protagónico que se respete acaba con la mitad del elenco en la cama. Es una fórmula más que comprobada: el sexo, el alcohol y las drogas venden películas.  Y nos venden un mundo a nosotros de paso.

Los personajes que adoramos son casi siempre ladrones, estafadores, junkies, jugadores tramposos… hijos de puta en general. O superhéroes. Ja.

Yo mismo no soy nada santo. Fumo como murciélago. Tomo como….ni sé ya como. Y alguna que otra cosa impublicable acá tendré. Pero no es suficiente: no soy un chico malo. Y eso es muy aburrido.

Gracias a los Ford, los Eastwood, los Willis, los Pitt y demases estoy terriblemente pasado de moda… desde hace un siglo.

Los niños buenos no deben ofender. Pero… Hollywood…tu madre!

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Los contrastes

Solo unos diez metros nos separaban. Pero estábamos a años luz de distancia. Nosotros, curiosos de la realidad distinta, como buenos insensibles, les tomábamos fotos. Ellos, habituados a su realidad cotidiana, insensibilizados hace mucho, posaban para nosotros.

Ellos abajo, nosotros arriba. De un puente. Nosotros, huyendo del calor de los departamentos al aire fresco al lado del río. Ellos, felices del calor que los protege en el verano del frío del agua.

Gritaban ellos cosas que no llegamos a entender. Nos asombramos nosotros con el surrealismo de los contrastes: el árbol de navidad adornado debajo del puente, la bandera de su equipo de fútbol favorito que nos agitaban constantemente…

Y todo alrededor. Un graffiti habla de dignidad, escrito en los muros que bordean el río donde viven ellos, los marginados por la sociedad o por ellos mismos, debajo de los puentes. Una valla publicitaria promocionando alguna glamorosa marca de moda, justo encima de ellos, vestidos con ropa robada o de la basura. Y la Virgen del San Cristóbal mirando desde arriba todos los contrastes.

Nos fuimos al rato. Ellos nos olvidaron cinco minutos después. Nosotros en unos días más. Me asombraron lo cerca que tengo tantas realidades distintas. Lo poco que las conozco.

Y darme cuenta que, pese a los contrastes, estamos todos en la misma foto…

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Hay artes bien duras de aprender. Como el arte de empezar todo de nuevo.

De niños son castillos de arena. Rotos por una ola más fuerte de lo calculado o un hermano “simpático”. Conteniendo las emociones poco domesticadas de la infancia, tomamos palas y cubos para probarle al mundo nuestra perseverancia.

Después, empezar en un nuevo colegio, representando nuestras poses de adolescentes, aún sin forma definitiva. Empezar a conocer nuevas caras, que quizá veamos sólo un día o todos los días hasta siempre.

Y empezar a conocer nuevos cuerpos, que quizá sintamos por una noche, o por todas las noches hasta siempre.

Con el tiempo cada nuevo empezar se torna más difícil. De puñados de arena, pasamos a veces a tener que levantar toda una vida desde cero. Y un día algunos agarramos una maleta con cuatro pedazos de ropa y nos vamos medio mundo más abajo. A empezar de cero.

A veces agota este oficio, como Penélope, una y otra vez volviendo a bordar cada mañana lo que destejemos en la noche. Al final, no obstante, a la mayoría nos gusta haber dominado este arte. Esa habilidad, sea lo que sea que hagamos, de empezar de nuevo…

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