A veces la tierra bajo los pies, esa que es referencia de estabilidad para los mundos que construimos, se sacude con unos espasmos furiosos que nos dejan indefensos, sin nada seguro a lo que aferrarnos. Ahí sentimos lo que sienten las motas de polvo cuando limpiamos sin piedad una alfombra.
A veces, ante la continuidad de las olas del mar perdiéndose hasta el horizonte, ante la inimaginable majestad de una montaña, ante el cielo nocturno que demuestra la incapacidad que tenemos para representar lo infinito; nos damos cuenta de nuestra increíble pequeñez.
Somos nada en este universo sin límites, una partícula entre googoles de otras partículas, perdidos en un rincón sin importancia en una galaxia ordinaria.
Pero cuando empezó todo, en esa inconcebible explosión inicial en que se creó todo (y Dios vio que era bueno), fuimos parte de esa mezcla luminosa que formó después soles por todas partes. Cuando miramos el mar infinito, la montaña majestuosa o el cielo nocturno, sabemos que compartimos ese origen común.
Me gusta pensar, como diría el genial Guillén, que estamos todos hechos “de esa sustancia conocida con que amasamos una estrella“.
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WoW! me encanto!
Por alguna razón, en este rincón sin importancia del universo, surgió una civilización tan paradójica, como maravillosa y terrible, como la humana. Somos nada y por eso mismo, en esta nada, en este margen, somos todo.
nunca olvidar que muchos estamos molestos con esa decision unilateral que alguien tomó de crear el mundo
[...] de mi casa, sentí el temor de que todo podría terminar en un instante, sin avisar, sin preguntar. Sé que la vida es frágil y siempre estamos en peligro de perderla. Un segundo después y aquel auto te aplasta. Un minuto antes y el pedazo de balcón de La Habana [...]
creo que vas a tener que sonrojarte más a menudo